Bertha sonrió y le miró con ternura. "Está enfermo, llamó en la mañana con una congestión terrible"-"Gracias, Bertha...sí quisiera un café, por favor" La mujer de grandes bucles caoba le hizo un gesto con la mano y se fue por donde vino.
Bertha era de aquellas mujeres de pasos cortitos, de Vivaldi por las tardes y Shakespeare antes de dormir. A sus 27 años el número de hombres con quienes se había acostado era grande, pero no más grande que su sonrisa. Tenía los ojos más tristes del mundo pero la sonrisa que sólo la ignorancia sabe proporcionar. Parecía sacada de cualquier tiempo menos de los locos ochentas.
Ah! Eso sí, de ignorante no tenía mas que la sonrisa. A pesar de su atractivo, los pasos lentos y cortos que daba hacía que muchos hombres se aburrieran en el intento de tener una relación con ella. Bertha se dejaba, a ella la ponías en una cama con tres condones y un hombre excitado y podrías apostar todo tu dinero a que no pondría resistencia alguna. Era consiente de todo, de lo que pasaba alrededor, de que su personalidad poco arriesgada y pacífica la llevaba a un futuro sólo comparable al de una alfombra. Aún así, Bertha era la persona más noble de la oficina y no pensaba cambiar.
Leopold y Bertha se conocieron en un incendio, ambos eran bomberos voluntarios. Lo que la gente llama química, les unió. Se hicieron amigos desde entonces, Bertha se mudó al duplex de Leopold y entablaron una amistad no muy estrecha pero buena al fin.
Luego de unos meses de vivir juntos la empresa en la que Bertha trabajaba quebró y Leopold le comentó que habían plazas libres para secretarias en la oficina en la que él trabajaba. Ella consiguió uno de los puestos y es así como hasta el momento son compañeros de trabajo también.
"C'est bien, C'est mal..."- Pensaba Leopold mientras recordaba el incidente aquel día de lluvia luego de la cena. No podía sacase de la cabeza la imagen de Sébastien sonriendo y por último, el beso. Aunque ya hubiesen pasado un par de semanas. La naturalidad y despojo de toda realidad que mostraba Sébastien era ciertamente adormecedora. Casi podía convencerse de que todo era una alucinación y nada había pasado en la oficina esa noche. No pensaba preguntarle nada tampoco. Le daba vergüenza su francés, a pesar de ser muy bueno, le avergonzaba hablarlo, prefería escuchar y responder en español. Sébastien era mitad francés y mitad español, pero le gustaba hacerse el difícil, el que no entendía, el indiferente, así que cuando le preguntaban algo él respondía en francés o simplemente no respondía, salvo que fuera su jefe, claro.
Leopold estaba perdido.
No comments:
Post a Comment